martes, 16 de febrero de 2010



A la gente hay que otorgarle un buen puntaje ''de entrada''. De uno a diez, diez. Y con el tiempo se lo confirmamos y le vamos restando de a poco... un punto hoy, otro dentro de unos meses...
Lo triste es cuando se los tenemos que restar todos de golpe, en una sola vez, como el viento huracanado de la tormenta echa por tierra los frutos que estaban endulzándose en las ramas del árbol.
La desilución es un viento sin aviso, o quizá con pequeños avisos de los que no pudimos o no quisimos darnos cuenta.
Tal vez si huebiésemos reparado en aquel gesto o en aquella palabra a los que no le dimos mportancia... tal vez, tal vez.
Pero si bien no se puede vivir sin creer en la gente, es dificil y doloroso darse la cabeza contra la pared en el momento de la decepción.
Te ha ocurrido.
Es la primera vez.
Es la expresión de asombro frente a lo incomprensible. Y los ojitos de llanto. Y un interrogante ácido dibujándose en tu corazón.
Es ver al revés de la trama de un tapiz de bellísimo estampado y descubrir los nudos con que se unen los hilos, ver las imperfecciones, la tosquedad, lo burdo, el matiz desteñido de alguna tintura.
Sabías... sabíamos que la vida es eso: claroscuros, perfecta sinfonía y notas desafinadas, elixir que el tiempo avinagra y verde fruta que el tiempo embellece y endulza.
Pero nos resistimos a la doble visión.
Queremos el rayo de sol, el ramito de rocío, el pétalo nuevo, no las velitas derretidas sobre la torta ni la campana oxidada ni la voz cascada.
Un amigo traicionó tu cariño, tu confianza, la plenitud de tu fe.

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